sábado, octubre 13, 2007

La Injusticia: Un Enfoque a Partir de Dos Vivencias

Un aspecto olvidado

¿Cuántos tratados acerca de la ley se han hecho? Tal vez más de los que cualquiera pudiese especular. Miles han sido las bibliotecas que se llenan intentando explicar la idea de Justicia, muchos filósofos se han dado vueltas y vueltas para llegar al fondo del asunto: el mismo Kant suplicaba alcanzar aquella orilla en la cual sus reflexiones abordaran al fin una armonía y paz interior. Tras este concepto – el de Justicia- se han desarrollado procesos históricos de incalculable influencia para sus contemporáneos. El Derecho Romano, la Doctrina Tomista, la Conquista Americana, la Revolución Francesa, han sido hechos de un alcance inconmensurable.
Pero cabe preguntarse tras ser testigo de las extensas bibliografías acerca de este tema, de observar los cambios en el mundo producto de su misma transformación, de cuantificar todas las Universidades que se han fundado y que instruyen en el manejo de la Justicia, de estudiar las miles de instituciones creadas en la historia para afianzar su real preeminencia, ¿qué es entonces la injusticia? ¿Cómo se explica? ¿Es una patología o bien, un mero estado psicológico-social? Observemos tan sólo las implicancias morales que podría tener el simple hecho de que la ciencia actual descubriese ciertos genes que nos hacen propensos o directamente tendientes a actos que son socialmente calificados como malos, aquello sería algo tan revolucionario tanto como para la medicina y la biología como para las mismas ciencias sociales: bordearíamos el mismo determinismo de la voluntad.
En este ensayo se considerará de Tomás de Aquino la siguiente explicación, “diremos que siendo la ley cierta regla y medida, se dice estar en algo de dos maneras: de una, como en el que mide y regula. Y pues esto es propio de la razón en este concepto la ley está en sola la razón. De otra manera, come en lo regulado y medido. Y así la ley existe en todos los que se inclinan a algo por alguna ley.”[1] Bajo esta perspectiva ocuparemos la segunda proposición, en la cual no existe – según Tomás de Aquino - la hegemonía de la razón. Es así como podremos incluir allí todo acto que sea de suyo malo, ya por la existencia de algún elemento teleológico o por mera incapacidad de observar el deber racional a cumplir. Para esta indagación echaremos reiterados vistazos a dos experiencias en las cuales los sujetos víctimas de la Injusticia fueron cruelmente sometidos a los peores males físicos que un ser humano puede sufrir: la tortura y la muerte. Escudriñaremos paralelamente ambas vivencias e intentaremos una penetración a la fibra misma de la Injusticia. Los ejemplos que se tomarán serán en el proceso judicial contra Tomás Moro[2], junto con el relato de Victor Frankl acerca de su vida en un campo de concentración Nazi[3]. Si bien el primer ejemplo es más fino en cuanto a los criterios y formas en los procesos jurídicos, el segundo es más testimonial y aun cuando se profundiza mucho más en la psicología de la víctima el carácter bilateral del acto injusto nos revela nuevas luces para el tratamiento del tema.

La Injusticia como acto opresivo

Si consideramos la Injusticia como el máximo grado de opresión de una persona a otra –en un sentido aritmético diremos que no se concreta la estricta igualdad debida - o bien, del Estado al individuo – en ese alcance diremos que no hay una repartición de bienes y cargas de forma proporcional- debemos a su vez observarla con las distintas formas en la cual se puede manifestar[4]. En el caso de Tomás Moro pareciese que el acto injusto no repasa los aspectos religiosos en sí, es decir, no se le juzga por hereje, lo grandioso y trascendente del que fuese el máximo pensador de la época es que hace prevalecer su libertad como prima moral hipotética – en cuanto para él era trascendente mantenerla- hasta el mismo punto de su muerte. Bajo esta perspectiva lo injusto no está revestido de algún carácter sacrosanto, pues de la misma forma que lo persuaden a reconocer a Enrique VIII como máxima autoridad en materia religiosa lo podrían haber movido a asegurar cualquier otra cosa. Lo valeroso aquí es la capacidad de no transar su propia libertad, de no ser él mismo quien se restringiese o se oprimiese por factores circunstanciales. La libertad de actuar – mejor dicho de pensar- en dicho caso es necesariamente la transacción que Moro no está dispuesto a realizar. En ese sentido el jurista Jaime Guzmán tiene razón al afirmar que la autonomía de conciencia es la mayor de las libertades, en cuanto en ese ínfimo pero extenso mundillo de nuestros pensamientos se pueden desenvolver ampliamente todas y cada una de las ideas que gustemos atender.
Luego, al observar el caso de Victor Frankl el acto de suyo injusto pasa por líneas distintas al ejemplo antes mencionado. La Injusticia tiene ribetes que se caracterizan por atentar la identidad misma y no sólo de él, sino de todos sus comunes. Acá las restricciones no van ya a oprimir la libertad, se extiende a ensombrecer la raíz misma del hombre: sus costumbres, sus memorias, sus afectos, su estructura psicológica. Se matizan en este contexto nuevos derechos intrínsecamente humanos que sólo se pueden dimensionar en cuanto son atropellados, pues su hilo es fino y en un contexto normal están sobreprotegidos bajo otros derechos que forman superestructuras más amplias que permiten al hombre conciente reconocerlos ya sea instintiva o bien, delimitada o taxativamente. La fortaleza del mismo Frankl atraviesa ya no sólo una epidermis social superflua, su grandeza radica en hacer prevalecer en sí mismo el carácter humano de su existencia, es decir, en no ser reducido a un estado en que no se reconozca como hombre y en que tampoco reconozca el permanente hostigamiento de los agentes de la SS o de los se llaman en el relato “los capos”. Es claro también que mantiene viva la idea de libertad en todo momento, ya sea porque nota la opresión de la cual es víctima como por anhelar el retorno a ella, así lo demuestra por ejemplo el pasaje en el que intenta observar los barrios de su ciudad desde el tren que lo llevase a un nuevo campo de concentración o también, es muy ilustrativo cuando se refiere a sus compañeros que se habían lanzado al alambrado eléctrico para suicidarse, pues no juzga sus actos, no los reprocha y cree de algún modo haber visto en su propia conciencia los motivos que ellos tuvieron para hacerlo.

El motivo y la circunstancia injusta

Dice el político alemán Willy Brandt[5] “permitir una injusticia significa abrir el camino a todas las que siguen”. La frase resulta ser muy cierta si la contextualizamos con el tratamiento que estamos realizando, ya que afirma que un acto de suyo malo no puede ser mermado en nada, pues como un acto de Justicia podría ser precedente para mejores y mayores actos de tal naturaleza, la mínima maldad puede dar origen a una repetición de hechos intrínsecamente inadmisibles que queden en la más total impunidad. Son variados los casos en que podemos echar ojo al respecto, en la observación de las distintas dictaduras – nazismo, comunismo, castrismo, fascismo, franquismo- prevalecerán las de suyo sospechosas “Razones de Estado” y si desestimamos los caracteres políticos y acogemos las relaciones entre particulares se volverán todavía más feroces las motivaciones, bordeando en alguna forma lo genético, patológico, ideológico o social.
El caso de Enrique VIII y Tomás Moro, resulta ser muy llamativo en cuanto se entrelazan dos hilos totalmente distintos y forman una misma soga que será la que termine con la definitiva decapitación del que fuese el otrora Canciller del Rey. La singularidad del caso es que se identifican los motivos de Estado con los sentimentalismos monárquicos de la Corona Británica. Resulta tragicómico como una muerte está motivada por caprichos magisteriales que perfectamente se podrían haber sorteado manejando los finos acordes diplomáticos de forma más pulcra por parte de la nobleza y toda la burocracia palaciega. Cabe también preguntarse, para aquellos que no conocemos las infraestructuras – en su sentido etimológico- del poder, si esta casualidad o bien, causalidad de sucesos entre la vida personal del Rey y las ambiciones estatales es algo común o no. Las consecuencias de aquella pregunta no son menores, en cuanto si aplicamos los mismos patrones al caso de Frankl, específicamente al gobierno de Hitler, resultaría evidente que toda la organización de un Estado centralizado pareciese flaquear en algo tan exterior y subconsiderado como pueden ser las sensibilidades del gobernante, que al final pudiesen ser la misma autoflagelación de aquel sistema.
La barbarie es en sí misma una cuestión de sinrazones, pero esto también quiere decir que la sinrazón es causa de ella. Bajo esta perspectiva es mejor afirmar que la Injusticia se engendra en la misma Injusticia. Para comprobar aquello es útil observar el trasfondo histórico que rodea al campo de concentración en que habita el médico judío protagonista de la historia del “Hombre en Busca de Sentido”. Reconocemos bajo distintos criterios que el genocidio alemán fue una matanza que no tiene justificación alguna, pero cabe señalar que no por eso carece de explicación. A ella confluyen distintos factores sociales e ideológicos, además de implicancias de tipo estructural que van a formar un caldo de cultivo para el caudillismo adoctrinante de las masas disconformes. Vale decir, la Injusticia en este caso ya no sólo basta con la identificación de dos parámetros en un mismo hombre como en el caso anterior, sino que bajo esto - si es que así lo fuese- convive una multiplicidad de causas causadas que han arrastrado una amalgama de reproches, confrontaciones, tabúes, resentimientos y desproporciones que han forjado una sociedad inflexible a las razones de peso por transar a favor de pasiones ya de sobremanera cohibidas y reprimidas. Es así como la Injusticia no es que deje de existir a la vista de los hombres, pero al menos se atenúa y el derecho a no ser víctima de ella carece de valor. Si existe una Injusticia – se piensa- tiene razón de ser o en el más indulgente de los casos es el costo colateral que se debe afrontar.
Es necesario referirse a las siguientes palabras, “En efecto, en determinadas circunstancias de la existencia humana parece que el mal sea en cierta medida útil, en cuanto propicia las ocasiones para el bien”[6]. ¿Puede ser la Injusticia causa de Justicia? o mejor dicho, ¿No ha sido la Injusticia la causa de las grandes Justicias? Tomo el ejemplo de la II Guerra Mundial, que sólo tras ella se forjó y se unificó – al menos formalmente- la voluntad de lograr una común declaración por la preservación de los derechos más esenciales de las personas. Entonces, fue necesaria toda la barbarie que pasó por los ojos y la mente de Victor Frankl para modelar una conciencia temerosa del crimen de Estado o más optimistas aún, una sociedad atenta de la maquinaria estatal con la que se enfrenta.


Últimas reflexiones

De alguna manera la debilidad y la fortaleza sólo están en la connotación humana: en su misma sensatez. Toda otra afirmación me parece accesoria y oscurece el fondo del asunto, aunque también aplicada al caso singular lo enriquece. Lo cierto es que frente a situaciones que nos parecen caóticas y conflictivas lo más sabio es no sentir que se tiene el monopolio de la moral y por tanto, de la Justicia. En conclusión, se observa que la Injusticia no se percibe como un estado social o individual ajeno a las circunstancias que la motivan, lo que se evidencia es que la Injusticia es en sí la ausencia de Justicia, dicho llanamente, las causas no tienen como efecto la Injusticia, sino que el efecto propio de ellas son la falta de Justicia. Es ahí donde estriba el problema de la vialidad – en cuanto no detenemos el proceso a tiempo- y visibilidad – en cuanto ni siquiera nos damos cuenta de lo que sucede- del acto injusto, en que como no hay motivación prominente de la Injusticia, sino que la motivación atenta contra la Justicia misma y somos tolerantes de ello, pues no somos capaces de concebir de manera alguna que la tragedia de las injustificaciones crece a pasos agigantados a nuestras espaldas y que las únicas víctimas como lo fueron Tomás Moro y Víctor Frankl, terminamos a la larga siendo nosotros mismos.



[1] de Aquino, Tomás; Suma Teológica; Tratado de la Ley en General; Club de Lectores; 1949.
[2] Zinnemann, Fred; “Un Hombre para la Eternidad”; Columbia Pictures; UK, 1966.
[3] Frankl, Victor; “El Hombre en Busca de Sentido”; Ed. Herder; España; 1991.
[4] Aristóteles, “Ética para Nicómaco”; Ed. Gredos; 2000.
[5] Su nombre original es Herbert Ernst Frahm y nació en Lübeck en 1913 en el seno de una familia de profundas convicciones socialdemócratas. Se unió al SPD (Partido Socialdemócrata Alemán) en 1930, y en 1933 huyó de la dictadura nazi a Noruega donde adoptó el nombre de Willy Brandt. Desposeído de la nacionalidad alemana por el régimen nacionalsocialista en 1938, colaboró con la resistencia y tuvo relaciones con los autores del atentado contra Hitler en 1944.
[6] Juan Pablo II; “Memoria e Identidad”; Ed. Planeta; Bs. Aires; 2005.

1 Comentarios:

Blogger M&M dijo...

Más comentarios sobre el ensayo los haré después, pero sólo una cosa de momento. Interesante la cercanía (casi irónico) entre la idea de Jaime Guzmán de la importancia de la libertad de conciencia, contrastada con la idea de Gabriel Salazar de que el derecho más importante es la soberanía.

Sólo eso, no quiero condicionar la reflexión.

Saludos

6:18 p. m.  

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